
¿Pueden ser las ciudades un símbolo del poder de una elite?
Esta mañana, mientras navegaba por Instagram, me encontré con un vídeo de la antropóloga Candela Antón que lanzaba una pregunta tan incómoda como necesaria: ¿Pueden las ciudades ser un símbolo del poder de una élite?
Para abordarla, Antón nos invita a viajar a Mohenjo-Daro, una de las ciudades más emblemáticas de la civilización del Indo. Allí, hace más de 4.000 años, ya existía una planificación urbana avanzada: sistema de alcantarillado, almacenes, espacios públicos, barrios organizados e incluso baños colectivos. Sin embargo, algo desconcertaba a los arqueólogos: no había templos monumentales, ni palacios, ni tumbas de reyes, ni estatuas de líderes.

Como recuerda Jonathan Mark Kenoyer —uno de los principales expertos en la ciudad—, la ausencia de estos símbolos llevó a interpretaciones iniciales que hablaban de un vacío: “aún no hemos encontrado símbolos de la autoridad”. Pero Antón propone otra lectura: ¿y si el poder simplemente no se expresaba de la manera a la que estamos acostumbrados?
En la historia urbana, la monumentalidad arquitectónica ha sido un vehículo recurrente para materializar el poder. Desde los zigurats mesopotámicos hasta las catedrales góticas, las élites han empleado la escala, la ostentación y la ornamentación como herramientas para proyectar dominio y trascendencia. Tal y como señala Lewis Mumford en La ciudad en la historia, “el monumento es, ante todo, una cristalización física de un poder social”.
Mohenjo-Daro nos obliga a repensar esta relación. La desigualdad social y económica existió, pero no se tradujo en arquitectura grandilocuente. Su ausencia sugiere un modelo en el quela autoridad no necesitaba anclarse en la piedra ni en la escala para ser reconocida.
En el otro extremo del espectro encontramos a Asjabad, capital de Turkmenistán, también conocida como “la ciudad de mármol”. Aquí, la monumentalidad es protagonista. Edificios enteramente revestidos de mármol blanco, estructuras doradas y símbolos arquitectónicos gigantescos —como la Torre de Turkmenistán o la estrella octogonal de Oguzkhan Rub el Hizb, reconocida como la más grande del mundo—construyen una narrativa de poder casi etéreo, inalcanzable.

Esta estética responde a lo que algunos críticos han denominado la dictadura de la ostentación, un urbanismo que refuerza jerarquías y proyecta la imagen de un poder centralizado. Es, en cierto modo, la herencia de una tradición milenaria en laque la grandeza material funciona como propaganda visual y como elemento de cohesión (o sumisión) colectiva.
La comparación entre Mohenjo-Daro y Asjabad revela que la arquitectura es más que un ejercicio de diseño: es un lenguaje de poder. Puede ser silencioso y funcional, como en la ciudad del Indo, o grandilocuente y simbólico, como en la capital turcomana.
En ambos casos, el trazado urbano y las decisiones arquitectónicas no solo organizan el espacio, sino que transmiten una ideología. Y, como demuestra la historia, esa ideología puede perdurar más que los propios edificios.
En Neusus Urban entendemos que el poder de la arquitectura del siglo XXI no reside en el mármol ni en el oro, sino en su capacidad de generar ciudades más sostenibles, inclusivas y resilientes. Nuestros proyectos, elaborados con materiales reciclados como el caucho o el plástico recuperado, apuestan por un urbanismo que no impone poder desde la ostentación, sino que democratiza el espacio público y fomenta una estética que nace de la responsabilidad ambiental.